Se me acerca levemente. Mantenemos la distancia de seguridad en la cola para ocupar una mesa en la terraza. Las dos, con las mascarillas puestas. Cruzamos las miradas. Al fin, pregunta: eres periodista, ¿verdad? Me ha reconocido y sencillamente quiere decirme que le gustan mis programas. Le doy las gracias con complicidad. Llevamos tapada la boca y los labios permanecen ocultos, pero las dos sentimos que se han arqueado. Nuestros ojos se han mirado y sonríen, sinceros.

Fue Guillaume Duchenne, anatomista francés del siglo XIX, quien estudió los músculos de la cara que se movían, cuando nuestra sonrisa es natural y expresa felicidad. Las mascarillas permiten adivinar las bocas subiendo, las mejillas levantadas y las cuencas oculares arrugadas, patas de gallo incluidas, expresando alegría. Las FFP2 no van a poder con nuestros sentimientos más sinceros. Estamos en la calle, ocupamos el espacio, nos quedan los gestos, las palabras y las miradas de tú a tú.

Este tiempo de confinamiento tiene muchas caras. Distinto es dinamizar una clase con nuestros universitarios en directo o bien dar una conferencia también ‘on line’ a centenares de personas, intentando mantener su atención y el atractivo del contenido. Modificamos inflexiones de voz, pausas, silencios, documentos de apoyo, gráficos y fragmentos de película, buscando que no decaiga el ritmo, con tiempos intensos y espacios para la distensión, provocando que todos participen para sentirnos cohesionados, cual pasajeros de un mismo vuelo que toma altura para aterrizar bien en destino.

Claro que todos estamos en casa. Frente a un mismo escenario (el ordenador), aturdidos a veces por una calma intensa, consecuencia de la crisis sanitaria, que no facilita la asunción emocional de tantas actividades distintas que emergen desde una única ventana reina.

¡Cuánto nos queda por aprender de la comunicación ‘on line’! Las pantallas situadas a un palmo de nuestra respiración lo aplanan todo.

Desarrollar comunidades en línea

Aquellos porcentajes a los que nos gustaba aludir en tiempos prepandémicos han volado por los aires. De un acto comunicativo, afirmaba el psicólogo afincado en California Albert Mehrabian, el 55% corresponde a la gestualidad: el cuerpo, la cara, los ojos o la boca; un 38% más tenía que ver con lo paralingüístico: entonación, cadencia en la voz, ritmo… y, finalmente, solo el 7% restante se correspondía con el contenido en sí. Las cifras ahora se revuelcan, todo cambia frente al ordenador. Atados a una silla, buscamos traspasar la pantalla para conectarnos emocionalmente. Luchamos también contra la soledad que sobrevuela, mientras constatamos en nuestro día a día que hay que descubrir fórmulas nuevas que traspasen límites tecnológicos reduccionistas. ¿Cómo?

Algo sí habíamos aprendido de la formación a distancia. Debemos ser capaces de desarrollar “comunidades en línea”, con un comportamiento positivo, generando relaciones amistosas desde el compromiso: calidad y calidez. La interacción con los estudiantes y la respuesta rápida de los docentes proporcionan cercanía e intimidad tanto dentro del grupo como en la relación interpersonal. Se trata de conseguir presencia social, didáctica y cognitiva en las clases ‘on line’ en directo o asincrónicas, y traspasar así barreras tecnológicas para generar un ‘engagement’ imprescindible. Y eso sirve tanto para la docencia como para las reuniones profesionales. El reto de la comunicación ‘online’ es que no solo sea efectiva, sino que destile afecto y empatía, y genere confianza y complicidad.

Tras las pantallas, todos necesitamos también ojos que sonrían.

Foto: 123RF.com

Article publicat originàriament a El Periódico de Catalunya, el primer de juny de 2020.

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